viernes, 20 de julio de 2007

En busca de la cultura del Kif

Fotos: Manuel Maqueda

Marruecos, el mayor productor mundial de cánnabis, comienza a ver tambalearse su industria por las presiones internacionales para acabar con los cultivos de marihuana. Más de 300 millones de consumidores en todo el mundo tiemblan ante tal expectativa.

Tetuán, Marruecos, Enero de 2006.


El frío y la lluvia dificultan la visita a la ciudad, escalonada y garrapiñada en las montañas del Rif, como una colmena de cemento inacabada. Todo se mezcla y todo vale, todo se compra y se vende, nada escapa al trapiche, a la sensación de que siempre hay un par de ojos que acechan tus pasos, pendientes de ofrecerte algún objeto o que distraigas la atención de los tuyos.


El zoco, tras las murallas de la ciudad, en la Medina Antigua (declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), se extiende por el entramado de calles que bien podrían ser las del Albayzín en Granada. La mezcla de olores de especias y comida con el alcantarillado, evocan lo que debió ser un mercado del medievo. Saturación sensorial.

Las voces y el griterío, las constantes invitaciones a pasar a un bazar, a entablar una charla, los gestos incomprensibles entre ellos y hacia ti, los roces y empujones desconciertan y te hacen sentir molesta, casi invadida... hay que tratar de disfrutar de Tetuán, la ciudad lo merece.

Rachid es puntual a su cita, nosotros no. Nos disculpamos y entramos al portal donde espera con su hijo, que sujeta orgulloso un carnero con una mancha roja pintada en la frente. El animal chorrea agua sucia y tiembla de frío, ajeno a la suerte que le espera. Dos pisos más arriba, el olor a incienso demasiado fuerte nos recibe en la casa, que consta de un salón asfaltado de alfombras y un baño separado por una cortinilla con pequeños elefantes dorados. Nos quitamos los zapatos y aceptamos de buen grado el té con menta muy azucarado -llamado sha- que Rachid nos ofrece.

La calidad del hachís que nos muestra es excelente. Nada comparado a lo que se pueda encontrar en Madrid, donde el costo dista mucho de ser bueno, bonito y barato. También tiene algo de marihuana que huele como el demonio y una pasta negruzca y aceitosa conocida como Doble Cero, mucho más pura y más usada como condimento culinario.

Nos decidimos por el hachís que más intensamente huele y es más dúctil; Rachid lo prepara en un paquete mientras nos pasa una pipa ceremoniosamente. Los efectos del cannabis se hacen notar enseguida, provocando cierta ensoñación, euforia y una sensación de paz interior. Durante un par de horas nuestro anfitrión nos habla de su vida, nosotros de las nuestras, tan distintas, tan dispares.

El hambre nos acucia y pedimos a Rachid que nos lleve a algún restaurante que no sea turístico, algo típico donde coma la gente de Tetuán. Gracias a que nos guía, nos libramos del acoso constante de los amigos que surgen de todas partes. Llegamos a un establecimiento modesto en una especie de centro comercial; funcionarios, buscavidas, vendedores y dueños de bazares, parejas y familias charlan y comen animadamente. El sitio es lo que buscábamos y la comida absolutamente deliciosa: Cuscús con carne de vaca y canela, tajin de pollo con limón, pinchos con patatas, jarira o sopa especiada, platos muy abundantes extendidos sobre un hule amarillo chillón con girasoles. Todo por un precio increíblemente barato, un servicio eficaz y atento.

Nuestro contacto marroquí, junto con una grandísima parte de la población rifeña, fuma el kif en una alargada pipa de madera llamada sepsi durante casi todo el día. El kif es el nombre que se le da a la planta del cannabis, lo que nosotros conocemos como marihuana (Cannabis sátiva), una vez seca, machacada y molida. Su posterior procesamiento y mezcla con ceras, pegamentos y otros productos similares dan lugar al chocolate o costo, del que se pueden encontrar tres calidades dependiendo de su pureza; el precio de 1 gramo de costo de primera calidad ronda los 6 ó 7 euros.

La importancia que tiene fumar kif entre los rifeños es enorme. No es algo nuevo o de moda. Es uno de los elementos integrantes y básicos de la atmósfera y la cultura de todo el Magreb: sirve para dar la bienvenida, para realizar tranquilas excursiones psíquicas o para aumentar la complicidad de un grupo de contertulios. Entre los marroquíes es una costumbre estrictamente masculina; las mujeres no suelen fumar kif ni tabaco.

Marruecos es el primer productor mundial de cannabis. Se calcula que los ingresos generados por la industria de la droga triplican a los del turismo, y que sólo en el Rif más de 800.000 personas viven de ella. El cultivo, la tenencia, el consumo y el transporte de cannabis son ilegales, con penas de hasta cinco años de cárcel por liar un porro. Paradójicamente, la planta se ha cultivado durante siglos y ocupa campos enteros a la vista de todo el mundo.

En Marzo de 2006, Rabat se comprometió por primera vez con la ONU a erradicar en un plazo de siete años las más de 65.000 hectáreas de kif que se extienden por las montañas del norte marroquí. ¿Cómo sobrevivirán las familias cuando ésto ocurra?. Se han planteado cultivos alternativos como naranjos y viñedos, pero se prevee que gran parte de la población emigrará masivamente a Europa huyendo de la pobreza.

Continuamos nuestro viaje en coche hacia Chef Chouen, por carreteras embarradas plagadas de camiones, burros, carruajes antediluvianos, motos con más de dos ocupantes, velomotores y viandantes cargados hasta los topes. El caos circulatorio es total, es la ley del más fuerte o el más osado, o simplemente no hay ley, intentar avanzar y esquivar. El paisaje es fantástico, las montañas nos rodean, la tierra es roja, la vegetación es escasa pero de un verde muy intenso, cubierta por un manto de niebla que se mueve rápidamente y devora todo a su paso.

Chef Chouen es otro cantar. Exotismo y belleza puros en la montaña. El turismo y la aficción de sus habitantes a fumar kif hacen de este pueblo un lugar pacífico, limpio, simplemente perfecto para cualquier fumador de hachís que se precie. Suelos y casas están pintados de azul añil, los bares, muy recargados, ofrecen batidos naturales, zumos, pasteles y té.

La mayor parte de bares y comercios se congregan en torno a la plaza principal, Place Outa el Hammam, con la kasbah (fortaleza, castillo) asomándose por uno de sus costados.

Paseando por las calles, a cada paso encontramos un comercio abarrotado de alfombras, bisutería, babuchas, especias, henna y tintes de mil colores para la ropa, pipas para fumar, rosas del desierto con las formas más caprichosas, puestos de comida y telares dentro de las casas. Nadie te acosa o te molesta, en ChefChouen llevan otro ritmo.

Por todas partes encontramos pseudo-hippies españoles que pululan con idéntico atuendo: chanclas, chilaba, rastas, ojos inyectados en sangre por el hachís y acompañados de perros flacos con aspecto pulgoso. Pedro, madrileño que baja todos los años al moro, nos comenta que suele pillar 1 ó 2 kilos de costo, lo amasa en bellotas envueltas en film transparente y las traga para traerlas a España. Al principio es un proceso molesto (agradecemos que no entre en detalles escatológicos), pero viniendo dos o tres veces al año dice vivir bien con el dinero que le proporciona la venta en Madrid. Nos ofrece compartir lo que ha comprado y pasamos unas cuantas horas en el bar Mandrake tomando batidos de plátano, dejando los cuerpos laxos y las mentes volar.

Dormimos en la Pensión Mauritania por 30 dirhams (3 euros), limpia y bien ventilada, el personal es simpático y el sueño reparador y profundo.

De vuelta a Ceuta, comprobamos que la suerte está de nuestro lado: es la fiesta del cordero o Aid el Adha, la fiesta mayor del calendario lunar musulmán. Ese día cada familia sacrifica un cordero o pagan a un matarife cualificado para que lo haga en su lugar.

En una gran explanada al lado de la carretera, hombres y niños compran sus corderos y los marcan con pintura. Es casi imposible avanzar con el coche, nos armamos de paciencia y hacemos cientos de fotos. Algunos jóvenes posan para nosotros con sus corderos, otros tapan sus caras y golpean el coche, otros hacen gestos obscenos y ríen entre ellos. Les devolvemos la sonrisa y continuamos camino. Por primera vez desde que llegamos, brilla el sol.

Viajar por Marruecos es adentrarse en un caleidoscopio sorprendente de paisajes y culturas. Es volver al pasado, observar el tiempo detenido en su modo de vida. Es un lugar para no perderse, para escuchar, tocar, sentir, oler y mirar. Para tratar de comprender y saber respetar. Es el Imperio de los Sentidos.