viernes, 20 de julio de 2007

Plataforma


Michel Houellebecq (1958, La Réunion, Francia) es poeta, ensayista y novelista.

Plataforma narra la vida gris y monótona de Michel, funcionario parisino de cuarenta años. Sumido en sus costumbres mediocres, parece que pasa de puntillas por la vida, sin pasión, sin interés, mirando a su alrededor con frialdad y dando por sentado que las pasiones humanas no están hechas para él; observa con mirada gélida al ser humano, desde su propio padre -cuyo asesinato supone un punto de inflexión en el curso de los acontecimientos- hasta su aplicada compañera de trabajo, a la que admira por el tesón del que él carece, y en quien termina delegando cada vez más, ya que su puesto en el Ministerio ha dejado de tener sentido para él (si es que alguna vez lo tuvo). Con la herencia paterna Michel decide viajar a Tailandia en busca de placer y exotismo. Inesperadamente conoce a Valerie, vital y luchadora, quien le hará salir de su pobre y estrecha visión de la vida para descubrir el significado del AMOR: pleno, rotundo, en su grado máximo.
Valerie, directiva junto a su colega Jean-Yves de uno de los touroperadores más potentes de Francia, se convierte así en el centro de su nuevo mundo, deciden vivir juntos en París y formar una empresa con una innovadora forma de ofrecer el turismo sexual, donde el sexo a la carta es posible, la prostitución es legal y el turismo de placer cobra una nueva visión sin tapujos, sin hipocresías, favoreciendo así al cliente, a la empresa y a las mujeres y hombres que prestan sus servicios. La propuesta obtiene un éxito inmediato y mientras todo gira y discurre como nunca hubiera soñado, Michel, cuando por fin logra comprender y sentir las pasiones, el amor, el dolor, el sexo, la amistad y la infinita esencia de todo ser humano, se choca brutalmente con la tragedia, la soledad y el abandono.

Neurótico, egocéntrico, egoísta, xenófobo, deshumanizado. Así es la visión del hombre moderno que Houellebecq extiende sobre esta Plataforma bajo el pellejo del protagonista, que encarna al individuo que acorcha sus sentimientos para poder sobrellevar su soledad: “A la salida del trabajo me daba una vuelta por algún peep-show. Me costaba cincuenta francos o a veces, si tardaba mucho en eyacular, setenta. Ver coños en movimiento me despejaba la cabeza. Yo me vaciaba agradablemente los testículos. A la misma hora, por su parte, mi nueva compañera, Cecilia, se atiborraba de pasteles con chocolate en una confitería que estaba cerca del Ministerio; las motivaciones eran más o menos las mismas.” El lenguaje es directo, sin miramientos, a veces cruel del propio realismo, quizás innecesario pero un elemento que marca sus obras con un estilo tan despiadado como innovador.

“Las mujeres son afectuosas, me dije al subir al tren de Cherbourg, tienen tendencia a establecer relaciones afectivas hasta en el trabajo, se mueven con dificultad en un universo desprovisto de toda relación afectiva, es una atmósfera en la que les cuesta mucho realizarse. Sufren por culpa de esa debilidad, las páginas psicológicas de Marie-Claire se lo recuerdan contínuamente; más valdría que establecieran una clara división entre lo profesional y lo afectivo, pero no lo consiguen, y las páginas testimoniales del Marie-Claire lo demuestran con la misma constancia”.
La mirada falsamente piadosa, despreciativa y misógina de Houellebecq hacia el mundo femenino es punto recurrente en sus novelas, como en “Lanzarote” y “Las partículas elementales”. En Plataforma aparece como novedad la figura decidida, valiente, llena de valores comparables y superiores al hombre de Valiere, quien encarna la idea de amor y perfección hecha mujer del protagonista, abriendo por primera vez la posibilidad de la complicidad entre hombre y mujer, su perfecta unión, compenetración y entendimiento ciertamente posibles, fuera ya de todo prejuicio o análisis de las diferencias entre ambos sexos. Con la creación de Valerie, parece romperse por fin una lanza en favor de la mujer, tan dura e inhumanamente tratada en las anteriores publicaciones, como meros objetos con órganos sexuales que pueden satisfacer las necesidades del hombre.

Otro punto recurrente en sus obras, el odio al islam, va tomando fuerza en pequeñas pinceladas, como en la conversación con Aicha, la criada árabe amante de su padre: ”No puedo esperar nada de mi familia. No sólo son pobres, encima son imbéciles. Hace dos años, mi padre fue a la Meca; desde entonces, no hay quien le saque de ahí. Y mis hermanos son todavía peores: se divierten mutuamente con sus gilipolleces, se ponen ciegos de pastís mientras pretenden ser los depositarios de la verdadera fe, y se permiten llamarme guarra porque prefiero trabajar a casarme con un imbécil como ellos. Es verdad, -repuse yo- en general los musulmanes no están muy bien...Y en ese momento tuve una especie de visión en la que los flujos migratorios eran vasos sanguíneos que atravesaban Europa; los musulmanes eran coágulos que se reabsorbían despacio. Intelectualmente, lograba llegar a sentir cierta atracción por la vagina de las musulmanas”.

Houellebecq tiene alguna causa pendiente con la justicia debido a sus declaraciones contra el islam. Pero no sólo critica y condena a los musulmanes por su extrema violencia y sus valores obsoletos y llenos de rabia -no a los árabes, tal y como especifica en una de las pocas entrevistas concedidas, para el programa Campus de la televisión francesa- si no a su propia cultura, a su país, al sistema en el que vive y del que se nutre. Tanto uno como otro tienen sus grietas, ya sea por brutalidad y religión, ya sea por capitalismo feroz y despiadado.”No le cabía duda: el sistema musulmán estaba condenado a la extinción: el capitalismo era más fuerte. Los jóvenes árabes sólo pensaban en el consumo y el sexo. Su sueño era sumarse al modelo norteamericano: la agresividad de algunos sólo era consecuencia de una envidia impotente; afortunadamente, cada vez había más que le daban la espalda al islám. Seguro que un día el mundo se libraría del islam”

El desprecio hacia la cultura occidental se hace palpable más que nunca al final de la novela, cuando Michel se traslada a vivir a Tailandia y todo a su alrededor se desintegra por los dramáticos acontecimientos y pierde sentido para él ya la propia vida. Mira la corrupción en torno suyo, la escoria europea que pervierte y parasita aquellos lugares vírgenes. Pederastas alemanes, homosexuales franceses, mafiosos rusos, turistas ansiosos de volcar su pedazo de mierda en aquellas gentes, a cambio de unos pocos baths. ”Es menos humillante pagarle a gente que no se parece en nada a lo que uno habría seducido en otros tiempos, gente que no le trae a uno el menor recuerdo. Si hay que pagar por la sexualidad, es mejor que sea, en cierta medida, una sexualidad indeferenciada.” Así, cae en la cuenta de la estupidez de los prejuicios entre razas, entre el super-hombre blanco y su prepotencia con el resto del mundo: “En el fondo, los seres humanos se parecen muchísimo. Sí, se puede distinguir entre hombres y mujeres y si se quiere, entre edades diferentes; pero cualquier distinción más exhaustiva responde en cierto modo a la pedantería, y probablemente al aburrimiento. La gente que se aburre fomenta distinciones y jerarquías, es uno de sus rasgos característicos.”

Michel se vuelve a enfrentar con su desazón vital cuando la tragedia azota la narración sin piedad. Se encuentra completamente solo, completamente desnudo ante la evidencia, y esa dureza le permite analizar con fría pasividad el teatro dantesco que el hombre occidental escenifica allá donde va.”Seguiré siendo hasta el final un hijo de Europa, de la angustia y de la vergüenza; no tengo ningún mensaje de esperanza. No odio Occidente, todo lo más lo desprecio con toda mi alma. Sólo se que, tal como somos, apestamos a egoísmo, masoquismo y muerte. Hemos creado un sistema en el cual ya no se puede vivir; y lo que es más, seguimos exportándolo.”

Plataforma es la conversión de un humano indolente, xenófobo, deshumanizado por su soledad y su indiferencia hacia la vida, a un hombre capaz de entender el amor, de descubrir la compañía de otro ser de distinto sexo, de caer en la cuenta de la hipocresía del sistema en el que vive y cambiarlo por otro más puro, más comprensivo con las debilidades humanas, de las que él finalmente es víctima.
El autor se muestra ácido y cruel como siempre y emotivo como nunca, abriendo por momentos un lugar a la esperanza para cerrarlo bruscamente por la sinrazón humana, de la mano en este caso de su denostado mundo musulmán.

Es una mirada hiper crítica, hiper realista, hiper mordaz y cruel hacia el capitalismo, hacia el estúpido hombre occidental que impone sus gustos, abusa con su poder y prostituye sin derecho otros lugares. El choque entre religiones y culturas que tantas veces hace añicos la fe en el género humano, cuando la brutalidad y la barbarie de las guerras, los atentados y las más bajas pasiones humanas nos dejan perplejos y sin fuerzas. Houllebecq no hace más que plasmar de una manera que no deja espacio a la duda toda la basura que nos rodea y que día a día se permite, permitimos, todos contemplamos.

Aún así, el autor no propone la enmienda, no parece pasar a la acción si no que sus personajes se entregan a todas esas pasiones mundanas, se resignan a lo que hay, no hace nada para cambiar lo que tanto le asquea ni da alternativas a todo cuanto desprecia. Houellebecq observa y plasma. Ata la soga y se da la vuelta. Se queda ahí, en la crítica y el desprecio, en plasmar la repugnancia y el caos de la manera más sórdida. Se refugia y se reafirma en el odio, su única salida: “Está claro que uno puede seguir con vida sólo porque alimenta un deseo de venganza; mucha gente ha vivido así. El islam me había destrozado la vida, y desde luego el islam era algo que podía odiar. Cada vez que oía en las noticias que un terrorista palestino, un niño palestino o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en Gaza, me estremecía de entusiasmo pensando que había un musulmán menos. Sí, se podía vivir así”.

Nihilista, despiadado, a ratos recordando a Patrick Bateman (American Psyco, Bret Easton Ellis). Houellebecq no perdona. No hay lugar para la piedad, cuando la tragedia hace añicos la esperanza, cuando se esfuma ante Michel todo lo que, por breves instantes, consiguió siquiera rozar con los dedos. ¿No es acaso eso la felicidad?.

"No hay que temerle a la felicidad: pues no existe" (Michel Houellebecq)



Crítica publicada en La Escuela de Letras de Madrid. http://www.escueladeletras.com/revistadeletras/198.html

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