viernes, 20 de julio de 2007

En busca de la cultura del Kif

Fotos: Manuel Maqueda

Marruecos, el mayor productor mundial de cánnabis, comienza a ver tambalearse su industria por las presiones internacionales para acabar con los cultivos de marihuana. Más de 300 millones de consumidores en todo el mundo tiemblan ante tal expectativa.

Tetuán, Marruecos, Enero de 2006.


El frío y la lluvia dificultan la visita a la ciudad, escalonada y garrapiñada en las montañas del Rif, como una colmena de cemento inacabada. Todo se mezcla y todo vale, todo se compra y se vende, nada escapa al trapiche, a la sensación de que siempre hay un par de ojos que acechan tus pasos, pendientes de ofrecerte algún objeto o que distraigas la atención de los tuyos.


El zoco, tras las murallas de la ciudad, en la Medina Antigua (declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO), se extiende por el entramado de calles que bien podrían ser las del Albayzín en Granada. La mezcla de olores de especias y comida con el alcantarillado, evocan lo que debió ser un mercado del medievo. Saturación sensorial.

Las voces y el griterío, las constantes invitaciones a pasar a un bazar, a entablar una charla, los gestos incomprensibles entre ellos y hacia ti, los roces y empujones desconciertan y te hacen sentir molesta, casi invadida... hay que tratar de disfrutar de Tetuán, la ciudad lo merece.

Rachid es puntual a su cita, nosotros no. Nos disculpamos y entramos al portal donde espera con su hijo, que sujeta orgulloso un carnero con una mancha roja pintada en la frente. El animal chorrea agua sucia y tiembla de frío, ajeno a la suerte que le espera. Dos pisos más arriba, el olor a incienso demasiado fuerte nos recibe en la casa, que consta de un salón asfaltado de alfombras y un baño separado por una cortinilla con pequeños elefantes dorados. Nos quitamos los zapatos y aceptamos de buen grado el té con menta muy azucarado -llamado sha- que Rachid nos ofrece.

La calidad del hachís que nos muestra es excelente. Nada comparado a lo que se pueda encontrar en Madrid, donde el costo dista mucho de ser bueno, bonito y barato. También tiene algo de marihuana que huele como el demonio y una pasta negruzca y aceitosa conocida como Doble Cero, mucho más pura y más usada como condimento culinario.

Nos decidimos por el hachís que más intensamente huele y es más dúctil; Rachid lo prepara en un paquete mientras nos pasa una pipa ceremoniosamente. Los efectos del cannabis se hacen notar enseguida, provocando cierta ensoñación, euforia y una sensación de paz interior. Durante un par de horas nuestro anfitrión nos habla de su vida, nosotros de las nuestras, tan distintas, tan dispares.

El hambre nos acucia y pedimos a Rachid que nos lleve a algún restaurante que no sea turístico, algo típico donde coma la gente de Tetuán. Gracias a que nos guía, nos libramos del acoso constante de los amigos que surgen de todas partes. Llegamos a un establecimiento modesto en una especie de centro comercial; funcionarios, buscavidas, vendedores y dueños de bazares, parejas y familias charlan y comen animadamente. El sitio es lo que buscábamos y la comida absolutamente deliciosa: Cuscús con carne de vaca y canela, tajin de pollo con limón, pinchos con patatas, jarira o sopa especiada, platos muy abundantes extendidos sobre un hule amarillo chillón con girasoles. Todo por un precio increíblemente barato, un servicio eficaz y atento.

Nuestro contacto marroquí, junto con una grandísima parte de la población rifeña, fuma el kif en una alargada pipa de madera llamada sepsi durante casi todo el día. El kif es el nombre que se le da a la planta del cannabis, lo que nosotros conocemos como marihuana (Cannabis sátiva), una vez seca, machacada y molida. Su posterior procesamiento y mezcla con ceras, pegamentos y otros productos similares dan lugar al chocolate o costo, del que se pueden encontrar tres calidades dependiendo de su pureza; el precio de 1 gramo de costo de primera calidad ronda los 6 ó 7 euros.

La importancia que tiene fumar kif entre los rifeños es enorme. No es algo nuevo o de moda. Es uno de los elementos integrantes y básicos de la atmósfera y la cultura de todo el Magreb: sirve para dar la bienvenida, para realizar tranquilas excursiones psíquicas o para aumentar la complicidad de un grupo de contertulios. Entre los marroquíes es una costumbre estrictamente masculina; las mujeres no suelen fumar kif ni tabaco.

Marruecos es el primer productor mundial de cannabis. Se calcula que los ingresos generados por la industria de la droga triplican a los del turismo, y que sólo en el Rif más de 800.000 personas viven de ella. El cultivo, la tenencia, el consumo y el transporte de cannabis son ilegales, con penas de hasta cinco años de cárcel por liar un porro. Paradójicamente, la planta se ha cultivado durante siglos y ocupa campos enteros a la vista de todo el mundo.

En Marzo de 2006, Rabat se comprometió por primera vez con la ONU a erradicar en un plazo de siete años las más de 65.000 hectáreas de kif que se extienden por las montañas del norte marroquí. ¿Cómo sobrevivirán las familias cuando ésto ocurra?. Se han planteado cultivos alternativos como naranjos y viñedos, pero se prevee que gran parte de la población emigrará masivamente a Europa huyendo de la pobreza.

Continuamos nuestro viaje en coche hacia Chef Chouen, por carreteras embarradas plagadas de camiones, burros, carruajes antediluvianos, motos con más de dos ocupantes, velomotores y viandantes cargados hasta los topes. El caos circulatorio es total, es la ley del más fuerte o el más osado, o simplemente no hay ley, intentar avanzar y esquivar. El paisaje es fantástico, las montañas nos rodean, la tierra es roja, la vegetación es escasa pero de un verde muy intenso, cubierta por un manto de niebla que se mueve rápidamente y devora todo a su paso.

Chef Chouen es otro cantar. Exotismo y belleza puros en la montaña. El turismo y la aficción de sus habitantes a fumar kif hacen de este pueblo un lugar pacífico, limpio, simplemente perfecto para cualquier fumador de hachís que se precie. Suelos y casas están pintados de azul añil, los bares, muy recargados, ofrecen batidos naturales, zumos, pasteles y té.

La mayor parte de bares y comercios se congregan en torno a la plaza principal, Place Outa el Hammam, con la kasbah (fortaleza, castillo) asomándose por uno de sus costados.

Paseando por las calles, a cada paso encontramos un comercio abarrotado de alfombras, bisutería, babuchas, especias, henna y tintes de mil colores para la ropa, pipas para fumar, rosas del desierto con las formas más caprichosas, puestos de comida y telares dentro de las casas. Nadie te acosa o te molesta, en ChefChouen llevan otro ritmo.

Por todas partes encontramos pseudo-hippies españoles que pululan con idéntico atuendo: chanclas, chilaba, rastas, ojos inyectados en sangre por el hachís y acompañados de perros flacos con aspecto pulgoso. Pedro, madrileño que baja todos los años al moro, nos comenta que suele pillar 1 ó 2 kilos de costo, lo amasa en bellotas envueltas en film transparente y las traga para traerlas a España. Al principio es un proceso molesto (agradecemos que no entre en detalles escatológicos), pero viniendo dos o tres veces al año dice vivir bien con el dinero que le proporciona la venta en Madrid. Nos ofrece compartir lo que ha comprado y pasamos unas cuantas horas en el bar Mandrake tomando batidos de plátano, dejando los cuerpos laxos y las mentes volar.

Dormimos en la Pensión Mauritania por 30 dirhams (3 euros), limpia y bien ventilada, el personal es simpático y el sueño reparador y profundo.

De vuelta a Ceuta, comprobamos que la suerte está de nuestro lado: es la fiesta del cordero o Aid el Adha, la fiesta mayor del calendario lunar musulmán. Ese día cada familia sacrifica un cordero o pagan a un matarife cualificado para que lo haga en su lugar.

En una gran explanada al lado de la carretera, hombres y niños compran sus corderos y los marcan con pintura. Es casi imposible avanzar con el coche, nos armamos de paciencia y hacemos cientos de fotos. Algunos jóvenes posan para nosotros con sus corderos, otros tapan sus caras y golpean el coche, otros hacen gestos obscenos y ríen entre ellos. Les devolvemos la sonrisa y continuamos camino. Por primera vez desde que llegamos, brilla el sol.

Viajar por Marruecos es adentrarse en un caleidoscopio sorprendente de paisajes y culturas. Es volver al pasado, observar el tiempo detenido en su modo de vida. Es un lugar para no perderse, para escuchar, tocar, sentir, oler y mirar. Para tratar de comprender y saber respetar. Es el Imperio de los Sentidos.

Plataforma


Michel Houellebecq (1958, La Réunion, Francia) es poeta, ensayista y novelista.

Plataforma narra la vida gris y monótona de Michel, funcionario parisino de cuarenta años. Sumido en sus costumbres mediocres, parece que pasa de puntillas por la vida, sin pasión, sin interés, mirando a su alrededor con frialdad y dando por sentado que las pasiones humanas no están hechas para él; observa con mirada gélida al ser humano, desde su propio padre -cuyo asesinato supone un punto de inflexión en el curso de los acontecimientos- hasta su aplicada compañera de trabajo, a la que admira por el tesón del que él carece, y en quien termina delegando cada vez más, ya que su puesto en el Ministerio ha dejado de tener sentido para él (si es que alguna vez lo tuvo). Con la herencia paterna Michel decide viajar a Tailandia en busca de placer y exotismo. Inesperadamente conoce a Valerie, vital y luchadora, quien le hará salir de su pobre y estrecha visión de la vida para descubrir el significado del AMOR: pleno, rotundo, en su grado máximo.
Valerie, directiva junto a su colega Jean-Yves de uno de los touroperadores más potentes de Francia, se convierte así en el centro de su nuevo mundo, deciden vivir juntos en París y formar una empresa con una innovadora forma de ofrecer el turismo sexual, donde el sexo a la carta es posible, la prostitución es legal y el turismo de placer cobra una nueva visión sin tapujos, sin hipocresías, favoreciendo así al cliente, a la empresa y a las mujeres y hombres que prestan sus servicios. La propuesta obtiene un éxito inmediato y mientras todo gira y discurre como nunca hubiera soñado, Michel, cuando por fin logra comprender y sentir las pasiones, el amor, el dolor, el sexo, la amistad y la infinita esencia de todo ser humano, se choca brutalmente con la tragedia, la soledad y el abandono.

Neurótico, egocéntrico, egoísta, xenófobo, deshumanizado. Así es la visión del hombre moderno que Houellebecq extiende sobre esta Plataforma bajo el pellejo del protagonista, que encarna al individuo que acorcha sus sentimientos para poder sobrellevar su soledad: “A la salida del trabajo me daba una vuelta por algún peep-show. Me costaba cincuenta francos o a veces, si tardaba mucho en eyacular, setenta. Ver coños en movimiento me despejaba la cabeza. Yo me vaciaba agradablemente los testículos. A la misma hora, por su parte, mi nueva compañera, Cecilia, se atiborraba de pasteles con chocolate en una confitería que estaba cerca del Ministerio; las motivaciones eran más o menos las mismas.” El lenguaje es directo, sin miramientos, a veces cruel del propio realismo, quizás innecesario pero un elemento que marca sus obras con un estilo tan despiadado como innovador.

“Las mujeres son afectuosas, me dije al subir al tren de Cherbourg, tienen tendencia a establecer relaciones afectivas hasta en el trabajo, se mueven con dificultad en un universo desprovisto de toda relación afectiva, es una atmósfera en la que les cuesta mucho realizarse. Sufren por culpa de esa debilidad, las páginas psicológicas de Marie-Claire se lo recuerdan contínuamente; más valdría que establecieran una clara división entre lo profesional y lo afectivo, pero no lo consiguen, y las páginas testimoniales del Marie-Claire lo demuestran con la misma constancia”.
La mirada falsamente piadosa, despreciativa y misógina de Houellebecq hacia el mundo femenino es punto recurrente en sus novelas, como en “Lanzarote” y “Las partículas elementales”. En Plataforma aparece como novedad la figura decidida, valiente, llena de valores comparables y superiores al hombre de Valiere, quien encarna la idea de amor y perfección hecha mujer del protagonista, abriendo por primera vez la posibilidad de la complicidad entre hombre y mujer, su perfecta unión, compenetración y entendimiento ciertamente posibles, fuera ya de todo prejuicio o análisis de las diferencias entre ambos sexos. Con la creación de Valerie, parece romperse por fin una lanza en favor de la mujer, tan dura e inhumanamente tratada en las anteriores publicaciones, como meros objetos con órganos sexuales que pueden satisfacer las necesidades del hombre.

Otro punto recurrente en sus obras, el odio al islam, va tomando fuerza en pequeñas pinceladas, como en la conversación con Aicha, la criada árabe amante de su padre: ”No puedo esperar nada de mi familia. No sólo son pobres, encima son imbéciles. Hace dos años, mi padre fue a la Meca; desde entonces, no hay quien le saque de ahí. Y mis hermanos son todavía peores: se divierten mutuamente con sus gilipolleces, se ponen ciegos de pastís mientras pretenden ser los depositarios de la verdadera fe, y se permiten llamarme guarra porque prefiero trabajar a casarme con un imbécil como ellos. Es verdad, -repuse yo- en general los musulmanes no están muy bien...Y en ese momento tuve una especie de visión en la que los flujos migratorios eran vasos sanguíneos que atravesaban Europa; los musulmanes eran coágulos que se reabsorbían despacio. Intelectualmente, lograba llegar a sentir cierta atracción por la vagina de las musulmanas”.

Houellebecq tiene alguna causa pendiente con la justicia debido a sus declaraciones contra el islam. Pero no sólo critica y condena a los musulmanes por su extrema violencia y sus valores obsoletos y llenos de rabia -no a los árabes, tal y como especifica en una de las pocas entrevistas concedidas, para el programa Campus de la televisión francesa- si no a su propia cultura, a su país, al sistema en el que vive y del que se nutre. Tanto uno como otro tienen sus grietas, ya sea por brutalidad y religión, ya sea por capitalismo feroz y despiadado.”No le cabía duda: el sistema musulmán estaba condenado a la extinción: el capitalismo era más fuerte. Los jóvenes árabes sólo pensaban en el consumo y el sexo. Su sueño era sumarse al modelo norteamericano: la agresividad de algunos sólo era consecuencia de una envidia impotente; afortunadamente, cada vez había más que le daban la espalda al islám. Seguro que un día el mundo se libraría del islam”

El desprecio hacia la cultura occidental se hace palpable más que nunca al final de la novela, cuando Michel se traslada a vivir a Tailandia y todo a su alrededor se desintegra por los dramáticos acontecimientos y pierde sentido para él ya la propia vida. Mira la corrupción en torno suyo, la escoria europea que pervierte y parasita aquellos lugares vírgenes. Pederastas alemanes, homosexuales franceses, mafiosos rusos, turistas ansiosos de volcar su pedazo de mierda en aquellas gentes, a cambio de unos pocos baths. ”Es menos humillante pagarle a gente que no se parece en nada a lo que uno habría seducido en otros tiempos, gente que no le trae a uno el menor recuerdo. Si hay que pagar por la sexualidad, es mejor que sea, en cierta medida, una sexualidad indeferenciada.” Así, cae en la cuenta de la estupidez de los prejuicios entre razas, entre el super-hombre blanco y su prepotencia con el resto del mundo: “En el fondo, los seres humanos se parecen muchísimo. Sí, se puede distinguir entre hombres y mujeres y si se quiere, entre edades diferentes; pero cualquier distinción más exhaustiva responde en cierto modo a la pedantería, y probablemente al aburrimiento. La gente que se aburre fomenta distinciones y jerarquías, es uno de sus rasgos característicos.”

Michel se vuelve a enfrentar con su desazón vital cuando la tragedia azota la narración sin piedad. Se encuentra completamente solo, completamente desnudo ante la evidencia, y esa dureza le permite analizar con fría pasividad el teatro dantesco que el hombre occidental escenifica allá donde va.”Seguiré siendo hasta el final un hijo de Europa, de la angustia y de la vergüenza; no tengo ningún mensaje de esperanza. No odio Occidente, todo lo más lo desprecio con toda mi alma. Sólo se que, tal como somos, apestamos a egoísmo, masoquismo y muerte. Hemos creado un sistema en el cual ya no se puede vivir; y lo que es más, seguimos exportándolo.”

Plataforma es la conversión de un humano indolente, xenófobo, deshumanizado por su soledad y su indiferencia hacia la vida, a un hombre capaz de entender el amor, de descubrir la compañía de otro ser de distinto sexo, de caer en la cuenta de la hipocresía del sistema en el que vive y cambiarlo por otro más puro, más comprensivo con las debilidades humanas, de las que él finalmente es víctima.
El autor se muestra ácido y cruel como siempre y emotivo como nunca, abriendo por momentos un lugar a la esperanza para cerrarlo bruscamente por la sinrazón humana, de la mano en este caso de su denostado mundo musulmán.

Es una mirada hiper crítica, hiper realista, hiper mordaz y cruel hacia el capitalismo, hacia el estúpido hombre occidental que impone sus gustos, abusa con su poder y prostituye sin derecho otros lugares. El choque entre religiones y culturas que tantas veces hace añicos la fe en el género humano, cuando la brutalidad y la barbarie de las guerras, los atentados y las más bajas pasiones humanas nos dejan perplejos y sin fuerzas. Houllebecq no hace más que plasmar de una manera que no deja espacio a la duda toda la basura que nos rodea y que día a día se permite, permitimos, todos contemplamos.

Aún así, el autor no propone la enmienda, no parece pasar a la acción si no que sus personajes se entregan a todas esas pasiones mundanas, se resignan a lo que hay, no hace nada para cambiar lo que tanto le asquea ni da alternativas a todo cuanto desprecia. Houellebecq observa y plasma. Ata la soga y se da la vuelta. Se queda ahí, en la crítica y el desprecio, en plasmar la repugnancia y el caos de la manera más sórdida. Se refugia y se reafirma en el odio, su única salida: “Está claro que uno puede seguir con vida sólo porque alimenta un deseo de venganza; mucha gente ha vivido así. El islam me había destrozado la vida, y desde luego el islam era algo que podía odiar. Cada vez que oía en las noticias que un terrorista palestino, un niño palestino o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en Gaza, me estremecía de entusiasmo pensando que había un musulmán menos. Sí, se podía vivir así”.

Nihilista, despiadado, a ratos recordando a Patrick Bateman (American Psyco, Bret Easton Ellis). Houellebecq no perdona. No hay lugar para la piedad, cuando la tragedia hace añicos la esperanza, cuando se esfuma ante Michel todo lo que, por breves instantes, consiguió siquiera rozar con los dedos. ¿No es acaso eso la felicidad?.

"No hay que temerle a la felicidad: pues no existe" (Michel Houellebecq)



Crítica publicada en La Escuela de Letras de Madrid. http://www.escueladeletras.com/revistadeletras/198.html

jueves, 19 de julio de 2007

Todos Nosotros

Raymond Carver
Bartleby Editores, 2006

Todos Nosotros
es la recopilación de toda la obra de Carver, realizada por su viuda, Tess Gallagher. El volumen, en versión bilingüe, incluye los cuatro libros escritos por el autor, uno de ellos publicado después de su muerte.



Las poesías de Carver son sobre todo autobiográficas, ya que se inspira en la cotidianidad que le rodea, en sus seres queridos, en todo aquello que tiene un valor emocional para él. Ésa es la palabra, emocionalidad, la que mejor describe tanto el contenido de esta obra como lo que provoca en el lector que se sumerge en ella.


La inspiración de Carver surge en cualquier momento, nace de cualquier situación. Desde la muerte de su perro, “Tu perro se muere, donde parece sentirse culpable por utilizar este acontecimiento para crear un poema:

...que casi te alegras de que hayan atropellado

al pobre perro, si no, no habrías escrito

nunca ese poema.”

Hasta el hecho de salir de casa sin las llaves “Cierras la puerta por fuera, luego tratas de entrar”, hacen brotar los poemas.


Lejos de pretender banalizar su obra, queda claro según buceamos en ella que la sutil, a veces cándida manera de ver la vida de Carver, contiene un enorme encanto y belleza, ya que dibuja los paisajes de su hogar en California como un pintor puntillista que es capaz de plasmar con palabras texturas, olores, lugares y sonidos.

Es poeta de los sentidos: “Donde el agua se une a otras aguas”, “Prosser” o ”Madera de Balsa”:

La luz se filtra desde la ventana. Alguien llora.

Lo último que recuerdo es el olor

a quemado de los sesos y los huevos.

(...)

Chillidos de ratas.

Silban cuando salen de las bolsas podridas

arrastrando la tripa. Volvemos al coche

para mirar el fuego y el humo. El motor en marcha.

Huelo en mis dedos el pegamento del avión.”


Carver siempre mira hacia atrás. Es un nostálgico y un soñador empedernido. El paso del tiempo, la añoranza, la huída de sentimientos...elige acurrucarse en el tiempo para sentirse seguro: “Los viejos tiempos”, “El poema que no escribí”.

Su grandeza no radica en encarar el futuro o disfrutar del presente, sino en un hondo y prolongado suspiro por lo que pudo ser y no fué, por el implacable hachazo de las horas y los minutos (“Qué puedo hacer”). Él mismo es consciente de esta lucha entre pasado y presente en el poema “Esta mañana”:


Pero, como siempre, mis pensamientos

empezaron a dispersarse. Tuve que obligarme

a ver lo que estaba viendo

y nada más. Tuve que decirme a mi mismo esto es lo que

importa, no lo otro (y lo logré

durante uno o dos minutos!). Durante un par de minutos

aquello se impuso a las preocupaciones habituales sobre

lo que va bien y lo que va mal: obligaciones,

recuerdos emotivos, pensamientos sobre la muerte...”


Su inquietud espiritual constante le provoca miedo y desconcierto, asume la inevitabilidad de la muerte casi de la misma manera en que es consciente del terror que le provoca. Todo ello se refleja perfectamente en el poema “Miedo”.


Hay poemas dedicados a Hemingway y Charles Bukowski y varias reseñas a Antonio Machado (“No sabéis lo que es el amor”, "Poema para Hemingway y W.C. Williams”). La figura de su padre y su esposa están muy presentes en la obra: “La cartera de mi padre”, “Para Tess” y no tanto la de su hija, que parece angustiarle y resuelve no hacer nada ante su alcoholismo y su mala vida (“A mi hija”).

Así es, Raymond Carver no hace. Sólo observa, recuerda, teme, se deja mecer, plasma con increíble sentimiento. Su posición ante la vida fué digna, tranquila, amable, aparentemente calmosa. La procesión iba por dentro...

Se despide en “Mi muerte”, de sus amigos, de todo lo que ha conocido y, por supuesto, de su esposa y compañera Tess, quien ha sabido compilar su obra y hacer un homenaje póstumo al poeta, merecidísimo.


Ninguno de nosotros hemos de quedar impasibles ante estas páginas que contienen toda una vida, que reflejan el alma de un ser humano débil, atormentado, hipersensible. Como dijo Hermann Hesse, "El oficio del poeta no es mostrar caminos, sino ante todo despertar la nostalgia."


Todo lo que sé de esta vida llena de sudor y delicadezas,

de la mía y de la de los demás,

es que dentro de poco me levantaré

y dejaré este lugar tan insólito

que ofrece amparo a los muertos. Este cementerio.

Me iré. Andando primero sobre un raíl

y luego sobre el otro.”

Cosmópolis


Don DeLillo (Nueva York, 1936), ha recibido numerosos galardones en Estados Unidos y en el extranjero, incluidos el National Book Award, el PEN/Faulkner Award, el International Fiction Prize del Irish Times, el Premio Jerusalén a la totalidad de su obra literaria y la medalla Howells de la American Academy of Arts and Letters por su novela Submundo. Su obra, aclamada por público y crítica, es un importante referente en la literatura actual.


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Año 2000, Nueva York. Eric Paker tiene 28 años y es un multimillonario asesor de inversiones. Nada se escapa a su inteligencia, a su vista de lince para los negocios y su afilado juicio, con el que disecciona el mundo que le rodea. Lo tiene todo: vive en un tríplex en la torre residencial más alta del mundo, tiene un acuario gigante con un tiburón, valiosísimos cuadros minimalistas, una esposa poetisa y multimillonaria con la que no se acuesta, varias amantes con las que satisface su enrevesada sexualidad y una limusina extralarga con toda la tecnología imaginable con la que recorre la ciudad, de atasco en atasco.

Pero un sólo día basta para perderlo todo: Eric decide cortarse el pelo en la peluquería donde acudía con su padre, en un barrio marginal. Mientras se dirige a su destino, sólo dos hechos agitan su hastiada vida: la imparable subida del yen y la amenaza de un antiguo trabajador resentido que pretende matarle.
Según pasan las horas en su reloj digital, dilapida toda su fortuna contra el yen, hunde la bolsa y se encuentra con Benno Levin, su asesino, con el que descubrirá que tiene mucho en común; son dos ángeles caídos del sistema, uno en la cumbre y otro en el fango.



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DeLillo ha regurgitado a Patrick Bateman. En este caso el protagonista de Cosmópolis no dedica sus ratos de ocio a torturar sádicamente a prostitutas, prefiere hundir la bolsa, matar a sangre fría a su guardaespaldas y pedir a una de sus amantes que le dispare con una pistola de descargas eléctricas. Cualquier excentricidad que consiga aportar adrenalina a su existencia es bienvenida. Eric Paker se aburre soberanamente, su hartazgo vital le convierte en un ser con los sentimientos atrofiados, con su espléndida inteligencia dedicada a amasar una inmensa fortuna para desparramarla después al no ser capaz de entender, por vez primera, las fluctuaciones del yen. Es un super broker-yuppie-musculado que analiza el mundo a través de las múltiples pantallas de televisión en su limusina, donde recibe a sus consejeros o al médico que le chequea a diario y le desvela una próstata asimétrica, un pequeño defecto en su perfecto universo.


Eric Paker es detestable. Es un ser frío, deshumanizado, pesimista, cruel, pedante. No ama a nadie, nada le conmueve salvo los aparatos electrónicos, la música del rapero sufí Brutha Fez, la blancura inexpresiva de sus cuadros y la perfección que encuentra en las cifras, en los movimientos de la bolsa que compara con la ordenación de la naturaleza y el Cosmos. El tiempo para él es un activo empresarial: octosegundos, septimomilmillonésima parte de un segundo...el presente casi no existe, todo se mueve entre datos y números.




Hace el amor, o mejor dicho, folla con la mente, imaginando escenas bizarras con sus asesoras (la mística e inalcanzable Kinski), o masturbándose en su limusina presenciando la violencia en la calle. Lee poemas de una determinada extensión, breves y concisos, ya que para él la belleza carece de sentimiento alguno: ”La rata deviene moneda de curso legal”. Le gusta analizar las palabras, degustarlas a su antojo si son modernas, escupirlas si le resultan obsoletas: “Sacó su palm-top y se dejó una nota sobre el anacronismo contenido en la palabra rascacielos. Ninguna estructura reciente debería ostentar ese vocablo. Era propio de un alma ya anticuada, reverencial, de la época de las torres en forma de flecha que ya eran un documento del pasado mucho antes de que él naciera.”


La influencia de la Novela Postmoderna está muy presente en la obra: desde la similitud con el Ulises de James Joyce, que también se desarrolla en un día, hasta el uso y abuso de las pantallas de televisión, los medios de comunicación, las cámaras, la música electrónica, los micrófonos, cajeros automáticos, los relojes, las cifras, internet, la realidad virtual y toda la tecnología que conforma una novela cercana a la ciencia ficción, aunque perfectamente integrada en la actualidad de una gran urbe. El mundo es un sistema y como tal, la ciudad de Nueva York tiene vida propia y aplasta o encumbra a sus habitantes. Así mismo, hay una narración dentro de otra, las confesiones de Benno Levin que se intercalan dentro de la propia novela.


También la Teoría Psicoanalista tiene cabida en Cosmópolis. Desde el carácter de Eric Paker, cercano a la psicopatía, hasta su asesino, Benno Levin, quien confiesa sufrir gravísimos ataques de ansiedad, paranoia y un sinfín de síntomas esquizoides. Está obsesionado con el protagonista, sabe todo sobre él, le admira y le odia terriblemente desde que fue despedido de su empresa: “Llevo dentro de mi el afán de lastimar, cosa que no siempre he sabido”. “Me resulta difícil hablar directamente a las personas”. “Todavía hay veces en que lamo las monedas, aunque me preocupa la suciedad prendida en el acanalamiento”. “...a ver toda esa gente que se sienta en las sillitas (...) y te entran ganas de matarlos a todos”.



Los diálogos son cortos, contundentes, casi telegráficos y con escasos signos lingüísticos que aporten expresividad. Los adjetivos y las imágenes que se evocan llevan a veces a la náusea, a la repulsa:


“-El nombre lo es todo.
-Sí. La rata. -dijo Chin.
-Sí. Hoy la rata ha cerrado por debajo del euro.
-Sí. Existe una preocupación creciente de que la rata rusa se devalúe.
-Ratas blancas. Piénsalo.
-Sí. Ratas preñadas.
-Ratas muertas.”

El vocabulario culto y con múltiples tecnicismos, el uso de palabras duras, desagradables y crueles hacen de la lectura toda una lucha contra la desazón. El terror está a la vuelta de la esquina de cualquiera de las calles por las que Eric circula, ya sea en forma de manifestación hiper violenta, un mendigo quemándose a lo bonzo ante la impasiva mirada del objetivo de la TV y los transeúntes, bandas armadas, terroristas dispuestos a atentar contra el Capitalismo, plagas de ratas en un restaurante de moda. Ficción y realidad se mezclan y se confunden.


El ritmo conseguido con la puntuación y los párrafos extensos es un 4 por 4 a martillazos:
“La cara destrozada de Arthur Rapp se salía de sí misma en espasmos de sorpresa y de dolor. Recordaba una masa de materia vegetal prensada.(...)...la mujer delgada y huesuda y su micrófono manual engullidos por el terror, y pasar las horas sentado con ganas de follársela allí mismo, en medio del sangriento remolino del arma blanca, las extremidades descoordinadas, la carótida rajada de golpe, en medio de los entrecortados gritos del asesino que se precipitaba, teléfono móvil sujeto al cinto, y los henchidos, gaseosos estertores del moribundo Arthur Rapp.”



DeLillo maneja con maestría las descripciones, en las que se recrea sin el menor temblor de pulso, fijándose en aspectos desagradables, provocando la constante repulsa: “Se sentó a mirar a Chin, que se mordía un pellejo en el lateral de la uña del pulgar. Lo vio roerlo. No era otra de las tiernas ensoñaciones de Michael. Se lo roía, trituraba con los incisivos el padrastro primero, luego la propia uña, la base de la uña, el arco pálido de luna menguante, la lúnula, y algo entrañaba la escena, algo que resultaba espantoso y atávico, Chin nonato, acurrucado en una bolsa membranosa, un temible humanoide con cabeza de geko, chupándose las manos llenas de dedos romos, sin alcanzar del todo su desarrollo fetal.”

Cosmópolis es un válido reflejo de la vida impersonal, del anonimato superlativo de cada ser humano en una ciudad como Nueva York. Lleva al lector a una profunda reflexión sobre cómo vivimos, el egoísmo, la soledad, la marginación, los ídolos de masas, la manipulación mediática, la locura.
Sin embargo, pierde credibilidad en su estructura, jamás un día dio tanto de sí, los saltos en la trama restan coherencia al conjunto. Los personajes están bien construídos, aunque parece que DeLillo prefiere olvidar que está tratando con figuras humanas, ya que los sentimientos brillan por su ausencia. Parecen humanoides devorados por sus propias miserias, absortos en sobrevivir y salvar su pellejo entre el asfalto y el tráfico.

En las páginas finales, Eric Packer es desenmascarado por su asesino. Nada más caprichoso y banal ha podido llevarle a destruir todo lo que tenía:

“-El yen. No he conseguido averiguar qué pasa con el yen.
-El yen.
-No casa, no he sabido interpretarlo.
-Así que te lo has llevado todo por delante.
-El yen se me escapaba. Esto no me había pasado nunca. Me sentí descorazonado.
-Es porque no tienes corazón. Dame un cigarrillo.”

Así es; antes de ver su propia muerte reflejada en la esfera de su reloj, por fin un sentimiento recorre su espina dorsal: los remordimientos y la culpa.

El autor crea una novela sin alma, difícil, pero con forma y un ritmo sobrecogedor. Quizás un reflejo demasiado real del presente.