jueves, 19 de julio de 2007

Cosmópolis


Don DeLillo (Nueva York, 1936), ha recibido numerosos galardones en Estados Unidos y en el extranjero, incluidos el National Book Award, el PEN/Faulkner Award, el International Fiction Prize del Irish Times, el Premio Jerusalén a la totalidad de su obra literaria y la medalla Howells de la American Academy of Arts and Letters por su novela Submundo. Su obra, aclamada por público y crítica, es un importante referente en la literatura actual.


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Año 2000, Nueva York. Eric Paker tiene 28 años y es un multimillonario asesor de inversiones. Nada se escapa a su inteligencia, a su vista de lince para los negocios y su afilado juicio, con el que disecciona el mundo que le rodea. Lo tiene todo: vive en un tríplex en la torre residencial más alta del mundo, tiene un acuario gigante con un tiburón, valiosísimos cuadros minimalistas, una esposa poetisa y multimillonaria con la que no se acuesta, varias amantes con las que satisface su enrevesada sexualidad y una limusina extralarga con toda la tecnología imaginable con la que recorre la ciudad, de atasco en atasco.

Pero un sólo día basta para perderlo todo: Eric decide cortarse el pelo en la peluquería donde acudía con su padre, en un barrio marginal. Mientras se dirige a su destino, sólo dos hechos agitan su hastiada vida: la imparable subida del yen y la amenaza de un antiguo trabajador resentido que pretende matarle.
Según pasan las horas en su reloj digital, dilapida toda su fortuna contra el yen, hunde la bolsa y se encuentra con Benno Levin, su asesino, con el que descubrirá que tiene mucho en común; son dos ángeles caídos del sistema, uno en la cumbre y otro en el fango.



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DeLillo ha regurgitado a Patrick Bateman. En este caso el protagonista de Cosmópolis no dedica sus ratos de ocio a torturar sádicamente a prostitutas, prefiere hundir la bolsa, matar a sangre fría a su guardaespaldas y pedir a una de sus amantes que le dispare con una pistola de descargas eléctricas. Cualquier excentricidad que consiga aportar adrenalina a su existencia es bienvenida. Eric Paker se aburre soberanamente, su hartazgo vital le convierte en un ser con los sentimientos atrofiados, con su espléndida inteligencia dedicada a amasar una inmensa fortuna para desparramarla después al no ser capaz de entender, por vez primera, las fluctuaciones del yen. Es un super broker-yuppie-musculado que analiza el mundo a través de las múltiples pantallas de televisión en su limusina, donde recibe a sus consejeros o al médico que le chequea a diario y le desvela una próstata asimétrica, un pequeño defecto en su perfecto universo.


Eric Paker es detestable. Es un ser frío, deshumanizado, pesimista, cruel, pedante. No ama a nadie, nada le conmueve salvo los aparatos electrónicos, la música del rapero sufí Brutha Fez, la blancura inexpresiva de sus cuadros y la perfección que encuentra en las cifras, en los movimientos de la bolsa que compara con la ordenación de la naturaleza y el Cosmos. El tiempo para él es un activo empresarial: octosegundos, septimomilmillonésima parte de un segundo...el presente casi no existe, todo se mueve entre datos y números.




Hace el amor, o mejor dicho, folla con la mente, imaginando escenas bizarras con sus asesoras (la mística e inalcanzable Kinski), o masturbándose en su limusina presenciando la violencia en la calle. Lee poemas de una determinada extensión, breves y concisos, ya que para él la belleza carece de sentimiento alguno: ”La rata deviene moneda de curso legal”. Le gusta analizar las palabras, degustarlas a su antojo si son modernas, escupirlas si le resultan obsoletas: “Sacó su palm-top y se dejó una nota sobre el anacronismo contenido en la palabra rascacielos. Ninguna estructura reciente debería ostentar ese vocablo. Era propio de un alma ya anticuada, reverencial, de la época de las torres en forma de flecha que ya eran un documento del pasado mucho antes de que él naciera.”


La influencia de la Novela Postmoderna está muy presente en la obra: desde la similitud con el Ulises de James Joyce, que también se desarrolla en un día, hasta el uso y abuso de las pantallas de televisión, los medios de comunicación, las cámaras, la música electrónica, los micrófonos, cajeros automáticos, los relojes, las cifras, internet, la realidad virtual y toda la tecnología que conforma una novela cercana a la ciencia ficción, aunque perfectamente integrada en la actualidad de una gran urbe. El mundo es un sistema y como tal, la ciudad de Nueva York tiene vida propia y aplasta o encumbra a sus habitantes. Así mismo, hay una narración dentro de otra, las confesiones de Benno Levin que se intercalan dentro de la propia novela.


También la Teoría Psicoanalista tiene cabida en Cosmópolis. Desde el carácter de Eric Paker, cercano a la psicopatía, hasta su asesino, Benno Levin, quien confiesa sufrir gravísimos ataques de ansiedad, paranoia y un sinfín de síntomas esquizoides. Está obsesionado con el protagonista, sabe todo sobre él, le admira y le odia terriblemente desde que fue despedido de su empresa: “Llevo dentro de mi el afán de lastimar, cosa que no siempre he sabido”. “Me resulta difícil hablar directamente a las personas”. “Todavía hay veces en que lamo las monedas, aunque me preocupa la suciedad prendida en el acanalamiento”. “...a ver toda esa gente que se sienta en las sillitas (...) y te entran ganas de matarlos a todos”.



Los diálogos son cortos, contundentes, casi telegráficos y con escasos signos lingüísticos que aporten expresividad. Los adjetivos y las imágenes que se evocan llevan a veces a la náusea, a la repulsa:


“-El nombre lo es todo.
-Sí. La rata. -dijo Chin.
-Sí. Hoy la rata ha cerrado por debajo del euro.
-Sí. Existe una preocupación creciente de que la rata rusa se devalúe.
-Ratas blancas. Piénsalo.
-Sí. Ratas preñadas.
-Ratas muertas.”

El vocabulario culto y con múltiples tecnicismos, el uso de palabras duras, desagradables y crueles hacen de la lectura toda una lucha contra la desazón. El terror está a la vuelta de la esquina de cualquiera de las calles por las que Eric circula, ya sea en forma de manifestación hiper violenta, un mendigo quemándose a lo bonzo ante la impasiva mirada del objetivo de la TV y los transeúntes, bandas armadas, terroristas dispuestos a atentar contra el Capitalismo, plagas de ratas en un restaurante de moda. Ficción y realidad se mezclan y se confunden.


El ritmo conseguido con la puntuación y los párrafos extensos es un 4 por 4 a martillazos:
“La cara destrozada de Arthur Rapp se salía de sí misma en espasmos de sorpresa y de dolor. Recordaba una masa de materia vegetal prensada.(...)...la mujer delgada y huesuda y su micrófono manual engullidos por el terror, y pasar las horas sentado con ganas de follársela allí mismo, en medio del sangriento remolino del arma blanca, las extremidades descoordinadas, la carótida rajada de golpe, en medio de los entrecortados gritos del asesino que se precipitaba, teléfono móvil sujeto al cinto, y los henchidos, gaseosos estertores del moribundo Arthur Rapp.”



DeLillo maneja con maestría las descripciones, en las que se recrea sin el menor temblor de pulso, fijándose en aspectos desagradables, provocando la constante repulsa: “Se sentó a mirar a Chin, que se mordía un pellejo en el lateral de la uña del pulgar. Lo vio roerlo. No era otra de las tiernas ensoñaciones de Michael. Se lo roía, trituraba con los incisivos el padrastro primero, luego la propia uña, la base de la uña, el arco pálido de luna menguante, la lúnula, y algo entrañaba la escena, algo que resultaba espantoso y atávico, Chin nonato, acurrucado en una bolsa membranosa, un temible humanoide con cabeza de geko, chupándose las manos llenas de dedos romos, sin alcanzar del todo su desarrollo fetal.”

Cosmópolis es un válido reflejo de la vida impersonal, del anonimato superlativo de cada ser humano en una ciudad como Nueva York. Lleva al lector a una profunda reflexión sobre cómo vivimos, el egoísmo, la soledad, la marginación, los ídolos de masas, la manipulación mediática, la locura.
Sin embargo, pierde credibilidad en su estructura, jamás un día dio tanto de sí, los saltos en la trama restan coherencia al conjunto. Los personajes están bien construídos, aunque parece que DeLillo prefiere olvidar que está tratando con figuras humanas, ya que los sentimientos brillan por su ausencia. Parecen humanoides devorados por sus propias miserias, absortos en sobrevivir y salvar su pellejo entre el asfalto y el tráfico.

En las páginas finales, Eric Packer es desenmascarado por su asesino. Nada más caprichoso y banal ha podido llevarle a destruir todo lo que tenía:

“-El yen. No he conseguido averiguar qué pasa con el yen.
-El yen.
-No casa, no he sabido interpretarlo.
-Así que te lo has llevado todo por delante.
-El yen se me escapaba. Esto no me había pasado nunca. Me sentí descorazonado.
-Es porque no tienes corazón. Dame un cigarrillo.”

Así es; antes de ver su propia muerte reflejada en la esfera de su reloj, por fin un sentimiento recorre su espina dorsal: los remordimientos y la culpa.

El autor crea una novela sin alma, difícil, pero con forma y un ritmo sobrecogedor. Quizás un reflejo demasiado real del presente.

2 comentarios:

Santi dijo...

he hecho un blog unicamente con las confesiones de Benno Levin para quien lo quiera leer

http://lasconfesionesdebennolevin.blogspot.com/

Papillon dijo...

ttp://lapoesiadepapillon.blogspot.com/
la poesia debe ser libertad